Dos aproximaciones , una científica y otra literaria a los procesos mentales inconscientes son las de Sigmund Freud y Marcel Proust. Elizabeth Roudinesco, en su magistral reciente biografía del primero (Freud: En su tiempo y en el nuestro, Debate, 2014) señala como ambos genios nunca se aludieron mutuamente, a pesar de que Proust, nacido en 1871, quince años después que Freud, describió maravilosamente el “fenómeno de la magdalena”, los recuerdos evocados por el olor de una taza de te y un tìpico pan de acompañamiento que le ofrecia su tia en la casa de campo. Freud, a pesar de ser mayor, si leyó la “Busqueda del tiempo perdido”, el opus magnum de Proust, sin encontrarle mayores meritos literarios ni científicos. Esta distancia entre el que ha sido considerado uno de los mayores genios científicos del siglo XX, y el quizá principal novelista de la centuria es sorprendente.
Una explicación es nacional, otra étnica: Valentìn Louis Georges Eugéne Proust era muy francés: nació en Auteil, entonces en las afueras y ahora un barrio de París. Hijo de un reconocido epidemiólogo y especialista en enfermedades infecciosas, miembro de la Academia Francesa, y de una madre de una familia judia intelectual y artística, vivió desde pequeño bajo la sombra de la derrota en la Guerra Franco Prusiana. Sigismundo (Schlomo) Freud venía de una famila judia de Galitzia, en los lìmites del Imperio Austro-Húngaro con Rusia, límite con el creciente antisemitismo ruso que había culpado a los israelitas de enriquecerse a costa de los campesinos y pequeños burgueses. Freud, médico judío asimilado con brillantes estudios en la capital imperial, abierta y tolerante en apariencia, Proust, el hijo de medico consagrado que ocultó su judaismo tal como su personaje central, Swann, nunca aludió a su homosexualidad. Naciones que querían recuperarse los territorios perdidos en la Guerra de 1870, los franceses, y seguir creciendo en una búsqueda de “espacio vital”, los germanos otra. Etnias minoritarias en ambos países, que eran miradas en menos abiertamente después del affaire Dreyfus en el caso francés, y en forma encubierta los judíos occidentalizados como los Freud después de migrar de Moravia a Viena: los ostjuden o judios de Oriente eran mal mirados por los judíos alemanes, como los de la familia de Martha Bernays, la prometida y luego mujer de Freud, que germanizó su nombre original Schlomo a Sigmund.
Ambos genios tenían en común una devoción ilimitada por su madre, un interés excesivo en sexualidades no solo conflictivas, sino perversas, y un mundo interno dividido por lo que el primer discípulo disidente de Freud, Alfred Adler, llamaría complejos. Freud fue el hijo varón preferido de su madre, quien después enviudar vivió siempre con el; Proust vivía por y para su madre, y la sobrevivió pocos años después de que ella murió. Freud escribió extensamente acerca de la bisexualidad originaria de la especie humana, y teorizó acerca de la relación inversa entre neurosis y homosexualidad. Proust fue un homosexual que nunca se reconoció abiertamente como tal, a pesar de que en la Recherche describió explícitamente las experiencias perversas de algunos de sus personajes. Freud tomó el camino de la ciencia, Proust el de la literatura para analizar temas vigentes en los años dorados previos a la primera Guerra. Paradojalmente, Freud nunca obtuvo el premio Nobel, al cual abiertamente aspiró, mientras que Proust al final de su vida recibió el premio Goncourt, y tuvo un éxito abierto como novelista reconocido.
Finalmente, la importancia de la memoria, los recuerdos encubridores y la distorsión de las biografías son frecuentes en las auto-biografías de medicos escritores chilenos. Un ejemplo, La Mala Memoria, de Marco Antonio de la Parra (Planeta, 1997), muestra el debate interno entre dedicarse a su especialidad médica, la psiquiatría y su vocación como escritor y dramaturgo.