LA GUERRA COMO TECNOLOGIA ADECUADA.

Los hombres históricamente tratan de evitar las guerras, pero la historia termina llena de episodios de agresividad y violencia. Para algunos es la naturaleza humana: seríamos una especie depredadora. Desde el Homo Homini Lupus de Hobbes, somos los unicos animales que se destruyen entre sí, premeditadamente. Fernando Lolas en “Notas del diario vivir” (Editorial Biblioteca Americana, Santiago de Chile, 2005), señala que hay violencia no agresiva y agresividad no violenta. Lo que define a la agresividad es la intención de dañar. Los carnívoros “deben matar para vivir”, dice Lolas “pero es la violencia propia del orden natural”. Agrega que la naturaleza es violenta pero no agresiva.

La guerra puede ser violenta pero controlada. Tanto las armas de fuego como las nucleares agregan el daño a distancia, y con ello re-aparece en nuestro días el temor a la destrucción total. Para cumplir con designios nacionales o étnicos, la hecatombe nuclear aparece como una destrucción fria en este caso de millones de vidas, rápida o tardía. Además, es una tecnología que constituye un negocio suculento para multinacionales o países enteros.

Seguimos celebrando los albores de nuestra independencia en estos días: la batalla de Maipú fue el 5 de Abril de 1817, hace doscientos un años. Ella consolidó la victoria sobre la corona hispana. Fue otro ejemplo del “nuevo arte de la guerra” napoleónico, que cambio las batallas medievales, diseñada y practicada por una clase alta de guerreros que segúían normas caballerescas para objetivos de expansión nacional y provecho personal, con reglas del juego bélico respetadas por todos.

Napoleón Bonaparte además de ser un táctico y estratega genial, diseñó el método de apoderarse del poder mediante el golpe de estado: el motín del 18 de Brumario fue imitado por los tres Libertadores de Chile, que vivieron todos en Europa buena parte de las guerras napoleónicas. O´Higgins lo hizo en Inglaterra y Carrera y San Martín en España. Al volver a sus países, Carrera y O´Higgins derrocaron la primera Junta de Gobierno, reemplazandola por la segunda, y San Martín acompañó a Alvear en el reemplazo del Primer Triunvirato por el segundo. Su ejemplo ha sido seguido por incontables militares sudamericanos que han llegado al poder político a través de golpes de estado.

La independencia latinoamericana fue un movimiento de elites, desde una primera generación de criollos que resentìan ser gobernados localmente por europeos enviados por el Rey, pero que colaboraron con la corona y compraron sus titulos de Castilla. Entre los longevos líderes de la primera onda independentista, estuvieron no solo nuestro Conde de la Conquista, sino el Conde de Ruiz de Castilla en Ecuador, y el Marqués de Torre Tagle en Perú. La generación de los hijos de estos patriarcas se rebeló en contra de ellos: en Chile tanto José Miguel Carrera como Bernardo O´Higgins se pronunciaron por la independencia absoluta, actuando sus conflictos pasados con don Ignacio de la Carrera uno, y don Ambrosio O´Higgins el otro.

La primera generación de lideres independentistas nació antes de 1750, y se mantuvo en el poder primero colaborando con los españoles y luego dirigiendo las primeras juntas leales a Fernando VII. Don Mateo de Toro y Zambrano murió a los 84 años, Ruiz de Castilla a los 78. La segunda generación de libertadores nació mucho entre 1785 y 1795, y en general murió mucho mas jóvenes: a los 58 Jose Antonio Nariño, a los 46 Bernardo de Torre Tagle, a los 36 José Miguel Carrera.

Otro común denominador de los libertadores de Sudamérica fue su cercanìa a Europa. Muchos fueron inmigrantes o hijos de inmigrantes. Es el caso de Bernardo O´Higgins o José de San Martín en Chile, de Bolívar en Venezuela, así como mucho de los oficiales europeos que, terminadas las guerras napoleónicas, ofrecieron sus espadas a nuestros países. En Chile hay que nombrar en primer lugar a Lord Cochrane, así como también a oficiales como Braeyer, Tupper, Viel, Beaucheff y Rondizzoni. Algunos de estos oficiales terminaron su vida en el exilio fuera de Chile, de vuelta en Europa don José de San Martín, o en el Perú como don Bernardo O´Higgins.

Quien a hierro mata, a hierro muere”. La muerte en batalla o en prisión fue el destino de muchos próceres, como sucedió con don Francisco de Miranda a los 78 años o don José Antonio Nariño a los 58. Los hermanos Carrera fueron fusilados los tres en Mendoza: a los 27 don Luis, y a los 36 tanto don Juan José como don José Miguel.

Hasta ahora hemos hablado solo de los hombres. El destino de las compañeras de los próceres tampoco fue grato. Quizá la única chilena que ha sido llamada “Madre de la Patria”, doña Javiera Carrera acompañó a sus tres hermanos al exilio, sufrió su muerte y volvió solo en 1824 para repatriar los restos de José Miguel. Luego vivió hasta los 81 años para morir en 1860 como matriarca en su hacienda de San Miguel de El Monte.

Detrás de los avances tecnológicos avanzan no solo la medicina sino las posibildades de matar  a nuestros semejantes. La búsqueda de la paz es entonces una medida de salud pública, para seguir disminuyendo mortalidad evitable. Asimismo, el temor y la depresión son consecuencias de las amenazas bélicas las primeras y de los innumerables duelos producidos por las confrontaciones militares. Es por ello que son una preocupación de salud mental.

Ramon Florenzano Urzúa

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