Manuel Rodriguez, hermandades e inmortalidad

Manuel Rodríguez Erdoíza fue un personaje cuyo rol en la independencia de Chile ha capturado la imaginación popular. Su corta vida, y su trágica muerte en Tiltil, han sido inmortalizada por Pablo Neruda, y las biografías recientes, como la de Soledad Reyes ( ) han profundizado en hechos interesantes sobre su familia y su niñez

Manuel Javier Rodriguez Erdoíza nació en Santiago el 25 de Febrero de 1785, el mismo año que José Miguel Carrera. Su padre, Carlos Rodríguez de Herrera y Zeballos, era de Arequipa, Perú y había hecho carrera en las Aduanas Reales de Lima. En 1780 se trasladó a Santiago al ser nombrado Director de Aduana de la Gobernación de Chile, y aquí casó con María Loreto de Erdoíza y Aguirre, viuda de Lucas Leiva, acaudalado comerciante español. Ella estaba emparentada con la aristocracia criolla de Santiago y aportó con una casona en Huerfanos y Morandé, cuya entrada principal estaba donde hoy está el Banco Central chileno. Tenia un hijo, Joaquin Leiva Erdoíza, que despues fue abogado en la Real Audiencia y diputado en las Cortes de Cádiz. Carlos Rodríguez era de tez oscura (le decían “el lenteja” por su color) y se dedicó a su trabajo, a su familia y a formar una amplia biblioteca, en la cual leyeron Manuel y sus dos hermanos, Carlos y Ambrosio.

Al frente, en Agustinas 46 vivían cuando estaban en Santiago los hermanos Carrera: Juan José, Javiera, José Miguel y Luis. Manuel  era de tez oscura (“el morocho”) le decían, y de talla baja (un metro sesenta). En lo primero se parecía a José de San Martín, a quien apodaban (“el indiano” en España) y en lo segundo a Bernardo O´Higgins, también de baja estatura. Manuel y José Miguel se sentían encerrados en las ocho manzanas del centro de Santiago, y corrían por las laderas del Santa Lucía o iban a los basureros que rodeaban la ciudad, al sur de la Alameda o al norte del Mapocho. La sociedad era rígida y estratificada. La familia de José Miguel era de latifundistas poderosos, parientes de don Mateo de Toro y Zambrano, el Conde de la Conquista, y poseedora de extensas tierras cerca de la capital, en Talagante y El Monte. La de Rodríguez eran recién llegados de la capital virreinal, con un cargo importante en la estructura del poder colonial, tal como el padre de Diego Portales, que era Superintendente de la Casa de Moneda, a dos manzanas del domicilio de Manuel. Venía pues Manuel de una familia de emigrantes recientes, y tanto su padre como su medio hermano eran letrados. Recibió una educación esmerada: fue al Convictorio Carolino, el único establecimiento secundario de entonces, tal como José Miguel Carrera. A diferencia de la familia de éste, que no tenia problemas en pagar el colegio, Carlos Rodríguez tuvo que pedir una de las cuatro becas que este ofrecía anualmente.

En esto, se parece Rodríguez a Diego Portales, que también fue becado, en este caso por el tamaño de su familia: era el 12o de 18 hijos. Portales nació ocho años después que Rodríguez, por lo que pueden haberse cruzado en el Colegio de San Carlos. El mérito de Manuel fueron sus dotes intelectuales: estudioso, aplicado, y con una imaginación viva. Se graduó en 1799 conocedor del latín, teología, leyes y filosofía. Siguió luego en la Universidad de San Felipe, también a pocas cuadras de su casa, donde hoy está el actual Teatro Municipal. El rector de esa institución también comentó las virtudes del joven Rodríguez, especialmente su oratoria fácil. No tuvo problema en obtener el grado de Bachiller en Leyes, pero tuvo dificultades en llegar al Doctorado en Derecho, necesario para el ejercicio libre de la profesión de abogado. La razón abierta fue la falta de recursos de Manuel o su familia para pagar los trescientos pesos que costaba el capelo doctoral, pero la encubierta puede haber sido sus reuniones con muchos de los principales sediciosos de esa época: los «tres Antonios», Bernardo de Vera y Pintado, o José Manuel Alcalde. La petición que escribió al gobernador García Carrasco fue denegada, y nunca obtuvo su doctorado en Leyes.

Otra relación interesante que subraya Reyes en su biografía, fue con su medio hermano Joaquín Fernández Leiva, quien también estudió Leyes, se doctoró, llegó a ser vicepresidente de la Universidad de San Felipe los mismos años que Manuel luchaba por obtener su grado de Doctor. Este hermanastro se fue a Lima, donde se casó con una rica heredera, y trabajó como oidor de la Real Audiencia virreinal hasta el final de su vida. El contraste con Manuel es claro: este también trabajó por dos años en la Real Audiencia chilena, defendió uno o dos casos legales y dejó luego el ejercicio de las leyes.

La fraternal amistad de Rodríguez con los hermanos Carrera viene desde su mas tierna infancia: como dijimos, vivían frente a frente en la calle Agustinas. José Miguel y Manuel jugaban de niños en las acequias, se arrancaban al otro lado del Mapocho, y conocieron al dedillo el barrio de La Chimba. De adolescentes siguieron haciendo de las suyas,. Atravesaban por el Puente de Calicanto para visitar quintas de recreo y prostíbulos en el Trastevere criollo. Las correrías de José Miguel llevaron a que sorpresivamente en 1799 su padre lo retirara del colegio para enviarlo precipitadamente a Lima primero y España después, lo que sus biógrafos atribuyen a líos de faldas. Manuel por su parte terminó el colegio y pasó a la Universidad de San Felipe, donde hizo sus estudios de leyes demostrando capacidad de estudio, brillantez de expresión oral e “histrionismo” de carácter, según su biógrafo Ricardo Latcham. No tuvo problema en completar los estudios y obtener su Bachillerato en Derecho, pero si los tuvo en pagar el elevado costo del derecho al ejercicio de la profesión de abogado: trescientos pesos, que representaban el ingreso anual de su padre en la Real Audiencia. Intentó que el Gobernador del Reino, Francisco Antonio García Carrasco le diera alguna facilidad para pagar ese arancel, sin éxito. Ya entonces fue visto con desconfianza por el tribunal que debía examinarlo para su doctorado en Derecho: se juntaba con distintos criollos de ideas avanzadas y revolucionarias acerca de la independencia del dominio hispano, por lo que el cuerpo colegiado, constituido por peninsulares, no aceptaba al joven jurisconsulto. Este terminó, al decir de Latcham, cambiando la toga por la espada del guerrillero.

Manuel Rodríguez era físicamente bajo, de 1,60 mt, moreno, se expresaba bien y seducía con su mirada y aspecto varonil. Pasaba largas horas en un lugar en el extremo occidente de la Cañada, llamado “El Colchagüino”. Permanentemente estaba involucrado en aventuras amorosas; además de estos períodos de juerga, se reunía en los cafés del centro de Santiago con amigos interesados en política, a la que entró abiertamente en 1810 cuando fue nombrado Procurador del Cabildo de Santiago. Este encargo lo desempeñó brevemente, ya que no toleraba la tediosa practica de juicios menores defendiendo a vecinos de la capital. Al producirse la detención de Fernando VII en España, se sumó abiertamente a la causa patriota. Se sabe que avisó a los “Tres Antonios” de que serian detenidos y enviados al Perú, lo que les permitió escapar para esconderse en Valparaíso.

No hay información acerca del rol de Rodríguez durante los mandatos de Mateo de Toro y Zambrano o Manuel Martínez de Rozas, pero si se sabe que al volver de España su amigo José Miguel Carrera, se incorporó activamente al bando de ideas mas avanzadas. Fue primero diputado por Talca, y luego ministro de Guerra de la Junta que presidió Carrera.  Se alejó luego de su amigo,  renunció al Ejercito, y fue acusado de complotar en contra del gobierno, detenido y enviado en Juan Fernández. La intercesión de su padre, Carlos Rodríguez frente a Carrera hizo que este detuviera esta orden cuando ya estaba detenido en Valparaíso. Este alejamiento ha sido explicado como su permanente dificultad en aceptar cualquier mandato, incluso de su mejor amigo. Durante el resto de la Patria Vieja Manuel Rodríguez desaparece, mientras que José Miguel debe dejar Santiago cuando dos sucesivas expediciones españolas intentan recuperar el territorio chileno perdido durante el cautiverio de Fernando VII.

Después de la primera derrota de Napoleón, el Virrey español Abascal envía dos expediciones españolas, una comandada por el Brigadier Antonio Pareja, y la segunda por el general de brigada Gabino Gaínza. La primera logra inicialmente detener el avance de José Miguel Carrera desde Santiago. Carrera sitia Chillán, pero no logra tomar la plaza. El mismo Carrera es apresado pero logra escapar, mientras que Pareja enferma de neumonia e inesperadamente muere. Esto permite que los patriotas se reagrupen, que O´Higgins acepte el liderazgo militar de Carrera, y que se llegue a un armisticio en el cual chilenos y españoles llegan a un acuerdo en Lircay, que significa una tregua para ambos bandos. Durante esta campaña el frágil acuerdo entre Carrera y O´Higgins se vuelve a quebrar. Carrera huye a esconderse a Santiago. Allí re-aparece Rodríguez, quien a pesar de las diferencias entre ambos lo ayuda a esconderse en la capital, lo que hace en la casa de los Rodríguez. Desde allí Carrera vuelve a dar un golpe de estado, y a formar una nueva Junta de Gobierno, la cual preside. Manuel Rodríguez es nombrado secretario de Hacienda y Gobierno, su hermano Carlos secretario de Guerra y Ambrosio pasa a ser Teniente Coronel en el ejército. Este gobierno dura pocos días, pues O´Higgins no acepta la nueva junta, y repone al anterior Director, don Francisco de la Lastra. Se enfrentan Carrera y O´Higgins y en la batalla de Tres Acequias, cerca de Maipú, el primero derrota al segundo.

El virrey Abascal, molesto con el Tratado de Lircay, el cual nunca aceptó, enviaba a su yerno, el general Mariano Osorio (casado con su hija Joaquina), al mando de una expedición de 5000 hombres que desembarcó en Talcahuano, se dirigió rápidamente al centro del país, y encontró a O´Higgins acantonado en la plaza de Rancagua, donde fue derrotado, pudiendo escapar gracias al valor de su lugarteniente Ramón Freire, quien dirigió una carga de caballería que permitió que don Bernardo escapara con vida. Las tropas de Carrera estaban cerca, en las alturas de Graneros, observando el combate, y sin intervenir. Hasta hoy día los historiadores debaten las razones para el desastre de Rancagua, con el cual terminó la Patria Vieja chilena, debiendo emigrar todos los jefes a Mendoza, de donde ninguno de los hermanos Carrera retornaría vivo. Según Francisco Encina, O´Higgins y Carrera nunca mas se dirigieron la palabra: “Carrera consideraba a O´Higgins como un necio testarudo y lleno de rencores, O´Higgins veía en Carrera un ambicioso cobarde, carente de moral y de patriotismo”.

Después de la derrota de Rancagua, reaparece en la atemorizada capital del reino Manuel Rodríguez. En Mendoza los emigrados chilenos fueron recibidos por el Gobernador de Cuyo, el general José de San Martín, que rápidamente tomó partido por una de las facciones de chilenos, la de don Bernardo O´Higgins. Esto se puede haber debido a la pertenencia de ambos a la Logia Lautarina, y a su paso por Inglaterra, donde ambos habían sido formados en las tesis independentistas de Francisco de Miranda. Asimismo, la facción de don José Miguel Carrera no aceptó el mando local de San Martín, y siguieron considerando a Carrera como el jefe del gobierno en el exilio. Manuel Rodríguez, a poco de llegar a Mendoza, se presentó ante San Martìn, quien tuvo una buena impresión de el, y aceptó su propuesta de volver a Chile para formar montoneras para mantener viva la causa patriota durante el período que venìa. Cuando llegó O´Higgins a Mendoza, San Martín se impuso de la rivalidad entre ambos, pero permitió que Rodríguez cumpliera su triple misión de espionaje, de confundir a las fuerzas realistas acerca de los planes militares, y de formar montoneras. Amparado en el viejo dicho de “dividir para reinar”, San Martín se alió con O´Higgins, pero no le confió su acuerdo con Rodríguez. Se alejó de Carrera, y trató de enviar a los tres hermanos a Buenos Aires con las tropas leales a ellos, para formar el Ejercito Libertador con soldados argentinos en su mayoría y con los chilenos que obedecían a O´Higgins. Rodríguez atravesó secretamente la cordillera en Octubre de 1815 por el paso del Planchón, para ocultarse en Colchagua. Al llegar a Chile encontró la situación muy cambiada. El General Osorio había sido reemplazado por un enviado de España, don Francisco Casimiro Marco del Pont, que había impuesto un régimen de represalias y atemorizado a los locales. Los criollos que habían apoyado la Patria Vieja por una parte ridiculizaban las costumbres cortesanas del nuevo Gobernador, y resentían los impuestos y medidas que el imponía a través del regimiento de Talaveras de la Reina, comandados por el capitán Vicente San Bruno, antiguo religioso convertido en militar. Estableció Marcó del Pont tribunales de vindicación para revisar las actuaciones de criollos y peninsulares durante la Patria Vieja, y expolió a quienes demostradamente apoyaron la causa patriota. Limitó la salida de la capital emitiendo pasaportes para autorizar la libre movilidad, y estableció la isla Juan Fernández como lugar de deportación para los sospechosos de apoyar a los patriotas. Entre otros, allí fue enviado el anciano Ignacio de la Carrera, padre de los hermanos refugiados en la Argentina.

Rodríguez, entre fines de 1815 y comienzos de 1817 inscribió u nombre quedó inscrito en el imaginario popular. Vestido de poncho y huaso, aparecía en los lugares mas improbables, para cumplir con los encargos que venían de allende los Andes. Dice Vicuña Mackena ( “nadie mas listo, mas gallardo, mas lacho que el espía de San Martìn”. Disfrazado de religioso, de huaso, de sirviente doméstico, aparecía en los cuarteles, abría la puerta de su calesa a Marcó del Pont, para después enviar información útil para los preparativos del Ejercito Libertador. Confiaba mucho mas en el pueblo urbano o campesino que en los de su propia clase, a quienes consideraba autoritarios y poco confiables. Desde Colchagua organizó a grupos de huasos con los cuales atravesó el Maipo, se tomó a Melipilla, repartiendo las arcas reales entre sus compañeros y los locales que lo avivaban. Este hecho trajo la respuesta amenazadora del gobernador, quien trató infructuosamente de encontrar al guerrillero, protegido también por los hacendados de la zona: se escondía en la hacienda San Miguel, en el Monte, feudo de la familia Carrera, en Teno donde lo protegía Francisco Villota en su gran hacienda, en Curicó donde Feliciano Silva en la hacienda Rastrojos, cerca de San Fernando, lo dejaba tener su cuartel general.

La poesía y música posteriores han inmortalizado este don de la ubicuidad del prócer. Sus lealtades y enemistades variaban constantemente. Hizo una alianza con el bandolero José Miguel Neira, convenciéndolo que sus montoneras solo atacaran a los hacendados y tropas realistas, consiguiendo multiplicar la dificultad para los españoles de circular libremente por la zona central del país. Esto llevó a tener que aumentar los efectivos en esa zona, y disminuir el cuidado de los pasos por los que llegaría finalmente el Ejercito Libertador. Neira fue capturado y ejecutado por los monárquicos en marzo de 2017, dos meses antes de la muerte de Rodríguez. Dice Alfredo Sepulveda al respecto: “un guerrillero de clase alta pero sin demasiado dinero: un hombre atractivo que se disfraza, guitarrea, galopa, es amigo de ladrones y de mujeres de campo, un tipo que engaña a sus enemigos con picardìa, ingenio y arrojo”.

Manuel Rodríguez se transformó en un líder apreciado por los humildes, a quienes ayudaba en sus correrías por la zona central chilena, y en una amenaza odiada por los re-conquistadores, especialmente por el gobernador Marcó del Pont, quien puso a su cabeza un precio de una recompensa de mil pesos, mas un indulto por cualquier tema pendiente con lal justicia. El guerrillero se rió abiertamente del edicto, cuando como antes decíamos abrió la puerta de la calesa al llegar este al palacio de gobierno, vestido de huaso. Marcó del Pont le dio una propina de un peso, el cual según Barros Arana ( ) Rodríguez le hizo llegar de vuelta, pidiéndole que lo agregara a la “roñosa recompensa de mil pesos ofrecida por el”. El mito de Manuel Rodríguez se forjó allí, organizando guerrillas en toda la zona agrícola desde Valparaíso al Sur, tratando de confundir a los españoles acerca del lugar de ataque del Ejercito Libertador, para que estos repartieran sus tropas, mayores en número que los efectivos que San Martín había podido reunir en Cuyo.

El guerrillero se multiplica, y combate no solo con la espada sino con la pluma, escribiendo arengas para mantener viva la fe en la llegada de los exiliados de vuelta, re-uniendo familias separadas, y vengando a los muertos en la perdidas batallas de la Patria Vieja, o en las purgas hispanas posteriores a la reconquista. Sus disfraces son múltiples, no solo de huaso sino de monje, utilizando la iglesia de Santo Domingo, cercana a la Plaza Mayor, como lugar para contactarse, con sus confederados en la sedición. Disfrazado de penitente, circula en procesiones, y obtiene información que envìa luego a San Martín acerca de los planes de los “godos”. San Martin depende de su espía, y cuando este no le escribe se angustia, ya que necesita la información desde Chile.

Durante 1817 la audacia de Manuel Rodríguez se ve complicada por la cada vez mas activa persecución de Marcó del Pont, quien fuera de ofrecer recompensas, decreta la muerte inmediata de cualquier persona que sea sorprendida escondiendo o cooperando con el guerrillero. Ambos bandos están reclutando caballos y jinetes para los combates que se avecinan: San Martín le pide mil caballos en los bosques pre-cordilleranos de San Fernando, lo que Rodríguez consigue en un numero menor. Marcó del Pont a su vez requisa los caballos entre el Maipo y el Maule, y decreta la quema de todos los bosques donde estos pueden ocultarse.

La alianza de San Martín con Rodríguez se ve complicada en Mendoza ese mismo año por la actitud de José Miguel Carrera. Este no aceptó la autoridad argentina, y aumentó su distancia con Bernardo O´Higgins. San Martín terminó enviándolo a Buenos Aires con las tropas que le eran leales, pero advirtiendo al mismo tiempo al general Pueyrredón que Carrera no era de confiar. Carrera consciente de esa trampa, reunió dinero vendiendo las joyas de su mujer para irse a los Estados Unidos, donde se entrevistó con ministros del presidente Madison, para volver con una flotilla al Rio de la Plata. Nunca aceptó ser mandado por O´Higgins ni San Martín.

En Enero de 1817 el Ejercito Libertador atravesó la cordillera por los pasos mas difíciles: Uspallata y Los Patos, reuniéndose el ejercito en Curimón. Rodríguez, advertido, organizó la recepción de los invasores. El 12 de Febrero de 1817 se libró el combate de Chacabuco, donde el ejercito que venía de Argentina derrotó a los realistas en forma amplia. Al llegar los libertadores a Santiago, los papeles se invirtieron: Marco del Pont se fugó intentando llegar a Talcahuano, y Rodríguez lo buscó activamente. Finalmente fue el detenido el ex gobernador,  y enviado exiliado a San Luis, en Cuyo, donde fallecería dos años después. San Bruno tuvo una peor suerte, al ser capturado y colgado en la Plaza Mayor de Santiago.

Los nuevos gobernantes criollos practicaron la misma política reivindicativa de los monarquistas: Marcó del Pont había quemado las casas de la hacienda de Bernardo O´Higgins en Los Angeles, obligando a su familia a unírsele en el exilio mendocino. Al entrar a Santiago después de Chacabuco, se le ofreció el gobierno a San Martín, quien lo delegó en Bernardo O´Higgins. Este lo aceptó y ejerció el poder hasta su abdicación en 1821. Allí mantuvo su política de deshacerse de sus enemigos, lo que implicó apoyar la persecución de los Carrera en la Argentina, y tratar de deshacerse de Manuel Rodríguez. San Martín, mas político, envió a José Miguel a hablar con el nuevo gobernante de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. Pueyrredón  terminó deteniéndolo y requisando los barcos que había traído de Estados Unidos.

El caso de Manuel Rodríguez era mas difícil, ya que San Martín le estaba agradecido por su desempeño durante la Reconquista, y porque era acogido como héroe por el pueblo en Chile, tanto cuando liberó Curicó de los godos, como al llegar de vuelta a Santiago. A O´Higgins no le gustó que Rodríguez fuera mas popular que el en el pueblo, y lo devolvió a San Fernando. Sobre su actuación en este desempeño los historiadores difieren: Encina, convencido o´higginista, cree que Rodríguez expolió a los realistas vencidos, imponiéndoles pesadas contribuciones, y que no ocultó sus simpatías carrerinas. Alejandro Chelén, por su parte, dice que el Director Supremo estuvo siempre informado y que la orden de financiar las campañas militares con impuestos a pagar por los vencidos fue de O´Higgins.

En Marzo de 1817 Rodríguez convocó un Cabildo Abierto en Santiago, para reemplazar a las autoridades civiles, lo que O´Higgins rechazó. Esto hizo que el Director Supremo se convenciera de que no podía contar con la colaboración de Rodríguez, y lo hizo enviar detenido a Valparaíso, so pretexto de que se iría como agente del gobierno chileno en Nueva York, Rodríguez se escapó del Castillo San José y se ocultó tal como lo había hecho con los españoles. Ademas recurrió a su supuesto amigo San Martín, quien al parecer lo ocultó de O´Higgins. Desde su escondite en una hacienda cercana a Santiago, Rodríguez escribió a O´Higgins, quien le contestó insistiendo en que debe salir de Chile. Le dice “Usted no es capaz de contener el espíritu inquieto de su genio, con el va tal vez a colocar al gobierno en la necesidad de fusilarlo”, esto en la versión de Vicuña Mackenna. Le ofrece tres mil pesos para el viaje y una mantención de mil pesos anuales mientras esté en el exterior.

Paralelamente O´Higgins y San Martín estaban haciendo el mismo ofrecimiento a José Miguel Carrera en Buenos Aires,  Además de las contradicciones entre San Martin y O´Higgins, también Rodríguez actuó de modo poco claro durante 1817, a veces aceptando las destinaciones que le ofrecían (Nueva York, Buenos Aires, o India), otras diciendo que no podía salir de Chile. Para el historiador Gustavo Opazo sus razones eran sentimentales: “por no permitirle sus amores dejar el país”. Otra línea de explicación es que la hermandad lautarina se alineó en contra de Rodríguez, y en Agosto de 1817 este vuelve a ser detenido por el coronel Hilarión de la Quintana, militar argentino que era miembro activo de la Logia. Después se entendió que esta detención era para prevenir su participación en un nuevo golpe de estado orquestado desde Montevideo por José Miguel y desde Buenos Aires por Javiera Carrera.

Mientras O´Higgins estaba en Concepción dirigiendo el ejercito que pretendía terminar con la resistencia monarquista, los Carrera atravesarìan por Curicó para que Manuel Rodrìguez y sus montoneros organizaran un ejercito para re-tomar Santiago. El golpe fue abortado al descubrirse el plan en la Argentina. El encarcelamiento de Rodríguez fue levantado por San Martin, en Noviembre de 1817, al probarse que esto había sido planeado sin conocimiento del lider guerrillero. San Martín no solo lo indultó sino que lo nombró Auditor de Guerra del ejercito que se estaba preparando en Las Tablas, cerca de Valparaíso, para la batalla definitiva que sería la de Maipù. La variabilidad de la conducta de Rodríguez es explicada por Encina como temperamental: “El impulso que lo movía a derribar todos los gobiernos, buenos o malos, simpáticos u odiosos, brotaba de su sangre, libre de todo control cerebral y de todo interés o tendencia ideologica”.

Esta fue la última vez que el general San Martín se la jugaría por Manuel Rodríguez. El verano de 1818 pidió licencia de tres días para ir a Santiago, y no volvió mas al campamento. Fue reemplazado como Auditor de Guerra por Bernardo de Monteagudo, miembro connotado de la Logia Lautarina. Mientras esto sucedía, los españoles acantonados en Talcahuano, recibieron ocho mil hombres de refuerzo desde Lima comandados por el experimentado General Mariano Osorio. O´Higgins se mantuvo en Concepción, al mando del ejercito chileno, mientras San Martín en la zona central preparaba a cinco mil hombres y los armaba con pertrechos llegados desde Argentina, con uniformes nuevos. Sus efectivos  eran militares chilenos, argentinos o europeos, todos con experiencia en combate.

Bernardo O´Higgins decide así que es el momento de pronunciarse abiertamente por la causa americanista, y proclama el 12 de Febrero la independencia de Chile en la plaza de Concepción. Quiebra definitivamente el lazo con la metrópoli, a diferencia del Cabildo Abierto de 1810, que mantuvo nominalmente la sujeción a don Fernando VII. El primer encuentro entre ambos bandos se produce en Talca, en el rio Claro, y los españoles atacan por sorpresa a O´Higgins en Cancha Rayada, donde es herido de gravedad en un brazo.

El desastre de Cancha Rayada es recibido con alarma en Santiago, donde el gobierno era presidido por don Luis de la Cruz, uno de los relegados en Juan Fernandez durante la Reconquista. Muchos patriotas creen que esto es semejante al desastre de Rancagua, los rumores dicen que O´Higgins había muerto en combate, y se preparan para volver a emigrar a Mendoza. Alli reaparece Manuel Rodríguez, que estaba en Santiago de paso a Buenos Aires, donde habría sido nombrado embajador por San Martín. Escribe a don Luis de la Cruz, pidiéndole instrucciones: o sigue a Buenos Aires o presta nuevamente sus servicios a la causa patriota en Chile. El presidente del gobierno no solo le pide quedarse en Chile, sino lo nombra su edecán.

El pueblo en Santiago lo comienza a aclamar como el salvador de Chile, lo que el comandante general de Armas de Santiago, Joaquín Prieto, gran amigo de O´Higgins no acepta. Se produce una asamblea de vecinos el 22 de Marzo de 1818, donde Rodríguez es aclamado y asume como Director Supremo junto a don Luis de la Cruz. En este cargo duró 48 horas, en las cuales alentó a la poblacion, libertó a los carrerinos detenidos, reunió armas y soldados a caballo en el mìtico batallon de Húsares de la Muerte. Los doscientos jinetes armados eran en su mayoría oficiales carrerinos. Los historiadores coinciden en que sus arengas alentaron a la población, pero que sus reclutas procedían de los arrabales y comenzaron un pillaje centrado primero en los vecinos realistas y luego en cualquiera, produciéndose un progresivo desórden, que Rodríguez no pudo controlar.

En una arenga a sus Húsares de la Muerte  pronuncia la frase que lo inmortalizó: “Aun tenemos Patria, ciudadanos” . En el intertanto, O´Higgins, informado en Colchagua de los sucesos en Santiago, cabalgó toda ls noche hacia la capital, donde re-asumió el mando y terminó con el breve gobierno de Rodríguez. Constatò el arrastre de este en el pueblo y vecindario de la capital. Rodríguez, sorprendentemente, le entregó sin chistar el mando, le informó de lo obrado, y se puso a su disposición. O´Higgins disolvió los Húsares de la Muerte, y suspendió algunas de las medidas de Rodríguez, como una incipiente reforma agraria, por la cual el Estado mayor del ejército podía reasignar las tierras de los hacendados a los peones y trabajadores que se distinguieran por su valor en batalla. O´Higgins vio en esto otra prueba de la impulsividad del “loco lindo”, que era querido en una ciudad donde el sentía que nunca había sido aceptado. Esto selló el destino de Rodríguez.

Como  los españoles se acercaban rápidamente a Santiago, primó una vez mas la urgencia bélica. En la victoria final sobre los realistas, que selló la independencia de Chile central de la corona, en Maipú el 5 de Abril de 1818, no participaron ni O´Higgins ni Rodríguez. El primero herido, solo llegó al final del día a abrazar, con su brazo en cabestrillo, al gran triunfador que fue José de San Martín. El segundo estuvo cerca, en Lo Herrera, esperando el resultado del combate, como lo hiciera Juan José Carrera con las tropas carrerinas durante el desastre de Rancagua. Terminado el combate, dice uno de los Húsares de la Muerte, Pedro Martínez de Aldunate, citado por Soledad Herrera, llegaron después de las 5 de la tarde al campo de batalla, sembrado de cadáveres y constataron el triunfo patriota. El regimiento formado apresuradamente por Rodríguez no contaba ni con los mejores soldados ni con los mejores caballos, por lo que no pudo aportar a esta victoria.

Después de Maipú, los acontecimientos se precipitaron: O´Higgins tomó el mando del país, y San Martín siguió a cargo del Ejercito Libertador, preparando  la invasión del Perú. O´Higgins impuso un orden marcial en Chile, y San Martín fue a la Argentina a tratar de que el Director Pueyrredón siguiera apoyando con dinero y pertrechos. En esos meses se concretó la muerte de los principales enemigos del gobernante chileno. Los historiadores difieren acerca del rol que Bernardo O´Higgins tomó en la muerte de los hermanos Carrera y en la de Manuel Rodríguez. Es claro que en el fusilamiento de Juan José y Luis Carrera en Mendoza fue central Bernardo de Monteagudo,  quien influyó, descubierto el complot tramado por Javiera Carrera desde Buenos Aires, por el cual los hermanos iban a atravesar a Chile y reunirse con Rodríguez, quien habría levantado al pueblo santiaguino en contra de O´Higgins y tomado el poder para ofrecérselo a Jose Miguel Carrera. Las cartas fueron descubiertas en Argentina e informadas a Chile.

O´Higgins decidió que no podía seguir con el fantasma del guerrillero heroico y querido por los santiaguinos. Su resentimiento en contra de estos le impidió aceptar la defensa de San Martín, quien creía, tal como los historiadores carrerinos que Rodríguez no supo del iluso plan tramado en Mendoza. Rodríguez fue detenido y enviado a un cuartel del Regimiento Cazadores, el cual a los pocos días fue trasladado a Quillota. Manuel Rodríguez fue trasladado en la retaguardia, a cargo de un español que había combatido en Cancha Rayada y Maipú, el teniente Antonio Navarro. Este junto con el teniente Manuel Antonio Zuloaga salieron con un enfurecido Rodríguez destino a Valparaíso el 23 de Mayo de 1818. Se le dijo que esto era un paso previo a enviarlo a Nueva York como legado chileno. El comandante Rudecindo Alvarado encargó a Zuloaga la responsabilidad del prisionero, advirtiéndole que no podía escapar y que si lo intentaba, debía tomar las medidas del caso para impedirlo. En el tercer día del trayecto a Quillota, en Tiltil, el teniente Navarro, le disparó al guerrillero por la espalda, y los cabos Gómez y Agüero lo remataron. El mismo comandante Alvarado le escribió un informe a O´Higgins describiendo los hechos, y exculpando al teniente Navarro, que habría disparado al intentar el Coronel Rodríguez fugarse. Se encontraron después su casaca verde de Húsar y el reloj, con el cual se quedó el Teniente Navarro. Este fue detenido, y se instruyó un sumario a cargo del mismo Bernardo Monteagudo, que había sucedido a Rodríguez como Auditor de Guerra del Ejercito. En el concluyó que Navarro había obedecido ordenes de su superior, y que al intentar escapar el prisionero, le había disparado. Navarro fue absuelto, trasladado al Ejercito de Tucumán en la Argentina. Allí pidió la baja y se instaló en Mendoza transformándose en próspero comerciante.

¿Qué sucedió a los protagonistas de Tiltil? Bernardo de Monteagudo acompañó a San Martín en la expedición para liberar Perú, fue nombrado Ministro de Guerra y Marina de ese país primero y luego ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Apareció un día muerto acuchillado en Lima, al parecer por el esclavo de un comerciante limeño. También se dijo que habían sido los hermanos de Manuel Rodríguez, que vivian exiliados en Lima. Carlos y Ambrosio Rodriguez Erdoíza fueron expulsados de Chile durante el gobierno de O´Higgins, la casa de Agustinas y sus bienes confiscados. Carlos Rodríguez, su padre, fue destituido de su cargo en la Aduana después de Maipú, y se fue a vivir a La Serena donde murió en 1822.

El descontento con el gobierno autoritario de Bernardo O´Higgins creció después de la muerte de Manuel Rodríguez, y en 1822 Ramón Freire, su anterior subordinado, encabezó una rebelión desde Concepción. En 1823 O´Higgins abdica del mando supremo de la nación, y termina exiliado en el Perú, donde muere en 1841. José Miguel Carrera conoce en Montevideo de la muerte de sus hermanos primero, y de la de Manuel Rodríguez después. Desde entonces no cesa de luchar por vengarlos, encabeza montoneras en Argentina, donde es perseguido y detenido por el gobierno de las Provincias Unidas, y termina fusilado en Mendoza, en el mismo lugar donde murieron sus hermanos.

Otra parte de la historia, reconstruida por Soledad Reyes, sigue la pista a Francisca de Paula Segura y Ruiz, dueña de la hacienda Pumanque, nacida en 1782 y muerta a los 92 años en el mismo lugar. En su certificado de defunción se lee “viuda de Manuel Rodríguez”. Su hijo, Juan Esteban Rodríguez Segura, siguió la carrera pública, fue intendente de Talca y diputado por Curicó casi 15 años. Tuvo catorce hijos de dos matrimonios, entre 1844 y 1866. Un descendiente de sexta generación, Juan Esteban Rodríguez trato de hacer un peritaje de los huesos de Manuel Rodríguez, supuestamente en el Cementerio General de Santiago. La petición fue rechazada en el año 2007 por la Contraloría General de la República.

En suma, Manuel Rodríguez Erdoyza, el guerrillero es un personaje de nuestra independencia, menor para algunos, pero recordado en el imaginario popular como un libertador de la estatura de O´Higgins o de su amigo Jose Miguel Carrera. Su arenga cuando los patriotas creían su causa perdida (“Aun tenemos patria, ciudadanos”) resuena hasta nuestros días, y su nombre se perpetuó en las siglas del FPMR (Frente Patriotico Manuel Rodríguez) activo durante los ultimos cuarenta años. El análisis psicopatologico de su corta vida, muestra que estuvo marcado por la impulsividad desde la niñez temprana hasta su trágica muerte para algunos auto-provocada.

El análisis psicodinámico muestra su nacimiento en la familia de un inmigrante peruano reciente, con un puesto en la administración colonial, trasladado a la Aduana de Santiago desde Lima. Tal como Ambrosio O´Higgins, otro funcionario real, Carlos Rodríguez le dio a Manuel una esmerada educacion. Tuvo una cercana relación con sus vecinos de cuadra, los hermanos Carrera Verdugo, especialmente con José Miguel: ambos nacieron en el mismo año (1785) y fueron al  mejor colegio de entonces, que después el mismo José Miguel trasformó en el actual Instituto Nacional. Ambos amigos se rebelaron en contra de los limites espaciales impuestos por la estricta autoridad paterna: la Alameda de las Delicias por el sur, el rio Mapocho por el norte, el cerro Santa Lucía al Oriente. Posteriormente Manuel se rebela en contra de la autoridad colonial primero, los gobernantes de la Patria Vieja después, y el poder criollo simbolizado por Bernardo O´Higgins. Esa ultima rebelión lo lleva a la muere a los 36 años de edad. La amistad temprana con su vecino José Miguel. Posteriormente siguen cercanos; Manuel Rodríguez  acompañó a Carrera en sus golpes de estado y combatieron juntos hasta la derrota de Rancagua. Ambos se exilian juntos en Mendoza.

El rol de la mujer es clave en la vida de Manuel, que se interesa en ellas desde la temprana adolescencia, y que lleva a que quiera volver rápidamente a Chile desde Mendoza, durante la Reconquista española. Su escondite mas permanente fue en Colchagua , en la hacienda Pumanque, donde vivia doña Francisca de Paula Segura. No se quizo acuartelar ni en Mendoza ni de vuelta en Chile, y se fugó de internados, cuarteles y conventos donde se escondió durante el periodo  de vuelta al poder de los realistas. Se fugó de la carcel donde lo envió O´Higgins después de Chacabuco, y murió fugandose de los Cazadores de los Andes que lo llevaban a Valparaíso para enviarlo al exilio.

Tiene asi Manuel Rodríguez un rol central en el imaginario colectivo, donde sus medidas audaces no pudieron implementarse por su insuficiente planeamiento y precipitación en su ejecución. San Martín y O´Higgins, los otros  dos amigos eran por el contrario cautos y deliberados, consiguieron la independencia de Chile primero y de America después. Ambos vivieron mas allá de los sesenta años, a diferencia de Carrera y Rodríguez que murieron en la treintena.

Psicopatologicamente, Rodríguez calza con lo que se describe en las personalidades antisociales impulsivas. No pensaba sus medidas, sino que pasaba directamente a la acción. Era cruel con sus enemigos, riéndose abiertamente del atildado gobernante Marcó del Pont cuando bajaba de su calesa en la Plaza Mayor. Perseguido por este, no vaciló en dar muerte a los Talaveras de la Reina, que sembraban el terror vindicatorio en contra de los patriotas. Presentaba un fuerte oposicionismo, frente a cualquier autoridad, fuera española pero incluso a la de su cercano amigo Carrera cuando éste fue gobernante. Le faltaba auto-control, alienándose definitivamente a O´Higgins cuando entró a caballo a la casa de gobierno para enrostrarle el fusilamiento de Juan José y Luis Carrera en Mendoza.

Psicodinámicamente, su estructura rebelde aparece hoy dia en muchos adolescentes, especialmente en inmigrantes que enfrentan lo que sienten como burocracia estatal para aceptar el aporte que quieren hacer a Chile. En definitiva, las medidas progresistas deben ser implementadas en forma planificada, lo que hicieron la dupla San Martín y O´Higgins que desde su entrenamiento común en Inglaterra en los ideales americanistas de don Francisco de Miranda, y su sumisión a las decisiones de la Logia Lautarina, pudieron luego aplicar medidas que fueron la medula de la identidad de dos naciones hermanas: Chile y Perú. La hermandad de José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez terminó con ambos muertos y con una estela de destrucción en su rededor: tanto los hermanos de Jose Miguel como los de Manuel Rodríguez murieron o padecieron de las consecuencias de la beligerancia abierta de ambos próceres. Lo mismo sucedió con sus padres: tanto Ignacio de la Carrera como Carlos Rodríguez Herrera perdieron fortuna y murieron agobiados por las catástrofes familiares respectivas.

En el caso de Rodríguez, el mecanismo de defensa de sublimación fue utilizado muchas veces: so pretexto de ideales elevados, como la independencia de los criollos americanos, consiguió eludir tanto a las tropas realistas durante la Reconquista como a sus jefes militares en la Patria Vieja y Nueva. Su capacidad de acopiar información lo convirtieron en un espía necesario para la preparación del Ejército de los Andes y para que San Martín pudiera, como era su estilo, hacer una cuidadosa planificación de la campaña de la invasión de la zona central de Chile. Además de la rebelión en contra de la autoridad paterna, aparece la competencia entre hermanos: en el caso de Rodríguez es un hermano mayor que se impone sobre los dos menores, poco interesados en la revolución y la política, pero solidarios con el cuando es perseguido y detenido. Carlos y Ambrosio Rodríguez terminan inculpados por los realistas y amenazados con el destierro a Juan Fernández; posteriormente, cuando Manuel es ultimado en Tiltil, asumen como deber fraternal el tratar de aclarar los hechos. La respuesta del gobernante es la detención y el exilio, en Perú uno y Argentina otro. Ambos mueren jóvenes.

La corta vida de Manuel Rodríguez es un caso en el que se rebela como la posición del historiador altera su perspectiva: para muchos, tal como para el público chileno en general, fue un héroe, valiente y arriesgado, que dio la vida por alcanzar la independencia de su patria. Aparece como un ejemplo mas del dicho “Los amados de los dioses mueren jóvenes”. El rol de la hermandad, de la amistad fraternal, y de las hermandades ideológicas es otro aspecto que ilustra esta saga de nuestra independencia.

 

 

Deja un comentario