La humanidad vuelve a tener uno de sus periódicos enfrentamientos con nuestros enemigos atávicos, los micro-organismos. Tal como en la Edad Media, las pestes amenazan con exterminar un porcentaje no menor de la población, en este caso los que sobran parecen ser los ancianos. Sabemos que esto permite crear espacio para los jóvenes, que pueden combatir en las guerras tribales, reproducirse y mantener la continuidad del homo sapiens.
Este enfrentamiento, como muchas guerras puede librarse en forma de un conflicto frontal de corta duración, como la batalla de Maipú que nos dio independencia del yugo hispano. O bien, en forma de sitios prolongados, en la que se rodea la fortaleza enemiga hasta que esta se rinde. En el caso del Coronavirus el enfrentamiento es terminal cuando el virus afecta a individuos debilitados por una enfermedad crónica, o frágiles por desnutrición o por falta de redes sociales adecuadas. La respuesta del lockdown y de las cuarentenas, que están adoptando muchos Estados, como el chileno, es el impedir el desarrollo del virus y que este muera por inanición. La limitante es por cuanto tiempo se puede mantener el lockdown y la caída en ingresos económicos individuales, corporativos o nacionales.
La cuarentena parece ser una solución que impide la propagación de la pandemia. Tiene ventajas y permite el reencuentro de las familias que recuperan un tiempo de encuentro que normalmente era limitado por las responsabilidades laborales, académicas o de toda índole que llevaba a salir del hogar. Sin embargo, esta solución tiene sus bemoles, como nos recuerda el Profesor Titular de la Universidad del Desarrollo, Jaime Silva, cuya opinión experta nos dice que cuarentenas de mas de diez días se asocian a estrés post-traumático, miedos excesivos, aburrimiento y al aumento de síntomas emocionales en los adultos. Las cuarentenas voluntarias son mucho más difíciles de implementar que las obligatorias, y estas requieren de un rol coercitivo del Estado, por lo que pueden implementarse bien solo con ayuda del ejército, como sucedió en China, y se puede dar en otras situaciones en las cuales el orden es asegurado, en forma hobbesiana, con medidas de fuerza.
Una reciente revisión del Lancet (Brooks SK, Webster RK, Smith LE, et al. The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence. Lancet 2020; published online Feb 26. http://dx.doi.org/10.1016/S0140-6736(20)30460-8.) elabora sobre los efectos psicologicos de la cuarentena, tanto para el personal de salud que enfrenta epidemias como las de Corona Virus, como para los sujetos expuestos a cuarentenas prolongadas. En un meta análisis de 3166 investigaciones, 24 revisiones fueron revisadas en profundidad. En resumen, a mayor duración de la cuarentena, mas efectos psicológicos adversos, entre los que se cuentan síntomas de estrés postraumático, confusión y enojo progresivo. A mayor duración de la cuarentena, mayor número de síntomas negativos, aumento del temor a la infección en uno mismo o en los familiares , aburrimiento, falta de suministros necesarios para mantener el aislamiento, falta de información adecuada y dependencia excesiva en las noticias alarmistas de los periodistas, conciencia de las pérdidas financieras. Por ello son importantes los mensajes que den esperanzas acerca del fin del encierro, dar explicaciones claras acerca de la necesidad de mantener la reclusión, asegurar la entrega de alimentos y medicamentos vitales. Es también necesario aumentar el esfuerzo para organizar el dia en forma eficiente.
En forma anticipatoria, Ricardo Capponi en su obra final (Felicidad Sólida: sobre la construcción de una felicidad perdurable, Caligrama, Santiago de Chile 2019) insistió en la importancia de desarrollar Recursos Mentales (RM) junto a los Recursos Financieros (RF). Las personas con mas recursos mentales pueden tener mayor capacidad de tolerar la soledad, porque tienen mas posibilidad de extraer energía de su mundo interno. Si bien la extraversión es un componente importante del bienestar subjetivo, la larga tradición monástica de Occidente muestra que la reclusión en celdas individuales puede ser transformada en un estilo de vida por períodos prolongados.
Otro aspecto interesante acerca de esta experiencia es su globalidad. Por primera vez tenemos la capacidad tecnológica para monitorear los avances y retrocesos de la pandemia, y darnos cuenta de nuestra interdependencia a nivel mundial. Si bien el modo de vida europeo u occidental ha sido el predominante en los grupos ilustrados en nuestro país, hoy son los países orientales los que están protagonizando primero el ascenso de la epidemia, y ojalá el paso de esta. Un autor interesante es Kwame Anthoni Appiah (Las mentiras que nos unen: repensar la identidad. Taurus, Barcelona, 2019), a quien mencionamos en nuestro Blog de Febrero. Este filósofo anglo-ghanés catedrático de Filosofía y Derecho en la Universidad de Nueva York, proviene por parte de padre de una familia emparentada con la realeza de la Costa de Oro africana, y por parte de madre es inglés de una antigua familia de los Cotsfields. Esta doble identidad le ha permitido mantenerse en ambos mundos, y «repensar» el tema de la identidad, identificando los mitos culturales que cohesionan a los individuos, a las familias o a las Naciones estados. Su tesis doctoral en la Universidad de Princeton versó sobre esto.
Para Appiah, la diversidad de cada individuo es central hoy día, y está dada por cinco elementos: Creencias, país, color, clase y cultura. Estas dimensiones clásicas de la Antropología Cultural se mezclan en un palimpsesto que hoy día surge en las respuestas individuales y nacionales frente a la pandemia de Coronavirus, y lleva a tensiones diarias en las decisiones tanto científicas como políticas con respecto a nuestro futuro.
Es pues necesario seguir enfrentando un desafía tan antiguo como una peste, y tan nuevo como el de un germen desconocido. La capacidad de enfrentar la incerteza nos debe aunar para tratar de avanzar en el proceso de humanización del homo sapiens, independientemente de nuestro futuro individual. Como dice Vargas Llosa repitiendo una frase de Teresa de Avila, «son tiempos recios«.
Ramon Florenzano