Santidad, salud e identidad.

La relación entre santidad y salud ha sido encarnada en la historia de la iglesia católica por diversos médicos que han sido elevados a los altares: San Camilo de Lelis (1550-1614) en el medioevo, San José Moscati (1880-1927) en el siglo recién pasado y San Giorgio Frassati (1901-1925) son tres santos que se preocuparon de los enfermos posponiendo su propia seguridad y arriesgando su vida a diario. San Camilo de Lelis, el fundador de la orden de los camilianos, recibió del papa el encargo de encargarse del Hospital del Espíritu Santo en Roma, y allí sirvió a leprosos intocables y a otros enfermos terminales, muchos de ellos criminales, otros paupérrimos, atendiéndolos como si fueran el propio Jesucristo. Le tocó también enfrentar la epidemia de tifus que asoló a Roma en aquellos años. San José Moscati fue jefe de Servicio y catedrático universitario en Nápoles, pero se dio tiempo para dedicarse a sus enfermos y ayudarlos en todas sus necesidades personales. San Giorgio Frassati venía de una familia italiana distinguida y con muchos recursos económicos, pero sus padres eran rígidos y tradicionales, y solo se enteraron a su temprana muerte de su dedicación a la Acción Católica Italiana y de sus visitas a los enfermos a quienes ayudaba económicamente.

Hoy día, en un sistema de salud pública eminentemente laico, donde quedan muy pocos lugares donde la preocupación cristiana por los enfermos sigue determinando la conducta del personal de salud, y el marco referencial ya no es religioso sino científico, el enfoque colectivo descuida a veces la salud individual: por ejemplo, las medidas para evitar la propagación de las nuevas variedades tanto de Covid 19 como de Omicron limitan el libre desplazamiento de las personas, que no pueden concurrir a los especialistas en sus enfermedades no transmisibles. La medicina como técnica que aplica sus conocimientos científicos a casos particulares debe suspender procedimientos quirúrgicos complejos para evitar la difusión de una epidemia. Esto lo vieron algunos de los santos anteriores al ver como se extendían las plagas de peste bubónica o de tifoidea en el pasado.

En Chile, es poco conocido que nuestro Camilo Henríquez, el “fraile de la Buena Muerte“ fue el primer camiliano que llegó a nuestros lares. Hijo de españoles avecindados en Lima, fue ordenado sacerdote en la orden fundada por San Camilo de Lelis. Su habito religioso le permitió ser aceptado por la administración española sin sospechas, aunque su formación revolucionaria le llevó a tener desempeños importantes creando la “Aurora de Chile” desde donde difundió los ideales independentistas en forma por demás efectiva.

La relación entre puntos de vista individualistas y colectivistas ha sido estudiada por Carlos Peña en la obra comentada en blogs anteriores (La Política de la Identidad: ¿El infierno son los otros? Taurus, Santiago de Chile, 2021), donde explora las bases filosóficas y psicoanalíticas de la identidad actual: desde los colectivismos de las sociedades medievales, donde las cosmovisiones teocéntricas predominaban, se pasó durante la Ilustración a una visión científica, la del idealismo kantiano primero o de la visión matemática cartesiana después. La afirmación de Kant fue que vivíamos dentro de un mundo confuso que era necesario ordenar dentro de las categorías espaciotemporales, el mundo de los fenómenos, que nos permitía un acceso indirecto a la realidad nouménica, opuesta a la fenoménica y que podía ser apenas vislumbrada durante esta vida. Esta visión fue completada por Sigmund Freud, al darle importancia a los fenómenos fuera del campo de la conciencia, que el encontró en el inconsciente dinámico.

Desde entonces, los discípulos de Freud han explorado el mundo inconsciente desde diversas perspectivas. Uno de sus seguidores chilenos, Ignacio Matte Blanco, aplicó la lógica matemática de Bertrand Russell a los fenómenos inconscientes, señalando como el mundo racional y lógico, denominado por Freud proceso secundario, es reemplazado en las profundidades del mundo inconsciente por el proceso primario, que de acuerdo a Matte se caracteriza por una lógica simétrica, que no ordena los sucesos en forma témporo-espacial. Este funcionamiento “bilógico” lo vemos cada noche en los procesos oníricos, que son otro modo de enfrentar los problemas de nuestra vida diurna. Desde la fenomenología actual, esto ha sido denominado “conciencia pre-reflexiva”: el apresto de las vivencias para ser procesadas luego en forma lógica. Esta aproximación matemática al estudio de los fenómenos mentales ha sido hecha por otros psicoanalistas, como Wilfred Bion en el Reino Unido o Jacques Lacan en Francia.

Carlos Peña, en el libro antedicho, señala como la visión freudiana clásica de una identidad profunda asentada en el inconsciente fue elaborada por Lacan al establecer que ella se constituía en la interacción del bebé con el otro, en el por el denominado “estadio del espejo”: la madre introduce tempranamente en su niño sus anhelos y prioridades. En el caso de Marx y Engels, ellos crean una ideología distinta, basada en los procesos de tesis, antítesis y síntesis, que hace que los pueblos se movilicen hacia anhelos colectivos. Hoy vemos como una elaboración de dichos procesos han sido adoptados por numerosos chilenos.

¿Qué tiene esto que ver con la salud mental? Lo que sucede en la normalidad, aparece también en cuadros psiquiátricos mas severos: tanto psicóticos como psicópatas no enfrentan la realidad externa como los normales, confundiendo esta con sus delirios, los primeros, o no aceptando la ética social o legal imperante, los segundos. Muchos de estos casos llegan a psicopatólogos, sean médicos o psicólogos, y deben ser diagnosticados, tratados y prevenidos.

En el Instituto de Estudios Médico Psicológicos contamos con un conjunto de profesionales, psiquiatras y psicólogos clínicos, que pueden ayudar a diagnosticar, tratar o prevenir trastornos emocionales. En blogs anteriores hemos desarrollado algunos de los temas enunciados en este.

Dr Ramon Florenzano Urzúa
Director Médico IEMP

15 Febrero 2022

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