La premiada escritora Rosa Montero, en una reciente obra (El peligro de Estar Cuerda, Seix Barral, Barcelona, 2022), entra al tema central para los psiquiatras, de si la creatividad no es un modo de manejar la propia locura y transformarla en algo productivo. Da diversos ejemplos de escritores, algunos con síndrome de déficit atencional de niños, o como ella, con tempranas crisis de pánico, que se dieron luego cuenta de que si escribían sus experiencias su cerebro se ordenaba. Estos fenómenos son más frecuentes en las mujeres que entre los escritores hombres, porque todos los síntomas psiquiátricos son más prevalentes en el sexo femenino.
En su columna de EMOL del 15 de mayo, Andrenio recuerda a Erasmo de Rotterdam y su “Stultitia Magna”, que aplica a nuestra situación actual preguntándose si los chilenos somos gente cuerda. Esto parece ser mas bien una saludable esperanza que una realidad, ya que nuestra historia reciente muestra más bien una mezcla de arrogancia y de tontería. La tontería esperable de las decisiones populares debiera ser atemperada de la cordura de los expertos y los sabios, dice Andrenio.
Uniendo los dos puntos anteriores, en un capítulo de su libro Rosa Montero habla de los impostores, y relata muchos casos, en España y Europa, de impostores que consiguen engañar a todos: por ejemplo, en el funeral de Mandela, al cual asistieron reyes, presidentes y grandes personajes. El traductor por señas que estuvo de trasfondo en las transmisiones telemáticas del evento, era un impostor: no sabía lenguaje por señas, y fue denunciado ya durante la emisión de la BBC por la Asociación Internacional de Traductores.
Desde un punto de vista psicopatológico tenemos que recordar el Sindrome de Münchausen, tomado del barón alemán que inventaba historias de sus increíbles aventuras en la Rusia zarista para entretener a sus amistades en la sobremesa. Los escritores, agrega Montero, están siempre a la cacería de anécdotas entre las personas que conocen, para mantenerlas en su fichero como futuros episodios de sus novelas. Separa lo que hace su cuerpo real que actúa como todos los cuerpos humanos, de su cuerpo imaginario, que “se pasa películas”: mientras va a buscar a unos amigos que la esperan en la plaza del pueblo, imagina que hay un gran terremoto y que su departamento a dos kilómetros del centro cae y aplasta a sus dos perritos que la esperan aullando. Los escritores, concluye, viven de su falta de cordura. Coleccionan anécdotas reales o imaginadas para utilizar en novelas ulteriores.
Desde el punto de vista psicodinámico, volvamos el triángulo edípico. Los conflictos triangulares son elementos centrales en las tramas de grandes y pequeños novelistas. Marcel Proust, para muchos el mayor novelista del siglo XX, basó su trama en su distancia con su padre, serio y ocupado catedrático de la facultad de medicina en Paris, y su cercanía con su madre. Mientras Freud escribía sus casos clínicos, Proust lo ilustraba con su magna novela. En una reciente charla en el Instituto de Chile, Joaquín Fermandois habló de las “historias de vida”, diciendo que en cada relato novelado está oculta la vida del escritor, desde su concepción hasta su proyecto de muerte. Especialmente los años de ancianidad, y de vivir el propio menoscabo desde una perspectiva intemporal, es aleccionador. Oscar Wilde decía: “Lo peor de envejecer es que no se envejece”.
Volviendo a nuestro país, recordamos en estos días a uno de nuestros genios, Pedro Prado, escritor, arquitecto, fundador del grupo de los Diez, diplomático, quien hace cien años escribió su obra maestra “Alsino” (Editorial Minerva, Santiago de Chile, 1920), donde relata la historia de dos hermanos, Pino y Alsino, hijos de padres alcohólicos y nietos de una vieja curandera, que recorría los pueblos de Colchagua ofreciendo sus hierbas para curar enfermedades del cuerpo y heridas del alma. Alsino, como modo de escapar de una vida gris y de sus padres castigadores, sueña con volar. Para ello, sube a los árboles y aletea, dejándose caer desde las alturas. En uno de estos intentos, cae, se fractura la columna vertebral, y se le forma una joroba. De esta, posteriormente, brotan alas, y Alsino finalmente sube hacia el sol, donde muere calcinado.
La historia tiene ribetes místicos, al ilustrar el ascender hacia los cielos, corriendo los riesgos de fracasar en el intento. Nos recuerda el mito griego de Icaro,. Además, la psicopatología actual ha estudiado en detalle los problemas de los hijos de alcoholicos, que presentan diversos cuadros clínicos, entre ellos alucinaciones y delirios. En el caso de Alsino, confunde sus anhelos con la realidad, e intenta volar. La prosa poética de Pedro Prado transforma la historia en una síntesis de su vida, múltiple y anclada en nuestras tierras y paisajes.
Rosa Montero dice que toda historia tiene aspectos auto-biográficos y otros sacados de la literatura. En el caso de Alsino, Pedro Prado sitúa territorialmente la historia en el corazón de Colchagüa, en la Huerta de Mataquito, bajando hasta el puerto de Llico por el sur y subiendo hasta Bucalemu por el norte. Desde las alturas de las montañas Alsino alcanza a ver el mar, además de numerosas lagunas de la zona.
En el sitio web Instituto de Estudios Médico Psicológicos (www.iemp.cl) usted puede encontrar otros blogs sobre estos temas.
Ramon Florenzano
Director Médico