- Los recientes sucesos de Panguipulli han provocado reacciones múltiples. Dentro de los complejos matices del caso, señalo que se trata de un enfermo mental: familiares y otras fuentes han señalado que tendría el diagnóstico de esquizofrenia, o de Asperger. Lo interesante es que esto ha sido presentado como un descargo, al concluirse que no sería responsable de su imprudente respuesta al policía cuando este le pidió identificarse. En estos tiempos de pandemia, muchos conocemos el problema que implica el no andar con el documento de identidad. El señaló que no lo necesitaba porque en Panguipulli todo el mundo lo conocía. En forma mas amplia, el episodio apunta a un lugar común políticamente correcto: el de que los esquizofrénicos no son peligrosos, y que el temor a ese diagnóstico no se debe a que puedan ser agresivos. Si bien es cierto que un paciente psicótico con los tratamientos farmacológicos y psicosociales actuales, bien controlado, no es mas peligroso que muchos “normales”, no es menos cierto que si deja de tomar sus medicamentos y acudir a sus controles, la evidencia es que su impulsividad representa un riesgo. Los casos de la muerte de sacerdotes en la Catedral Metropolitana o en Punta Arenas, a manos de psicóticos descompensados son ejemplos. La evidencia epidemiológica ha llevado a que en Australia si un psicótico mata o lesiona a un prójimo, la ley culpa o a sus familiares, si son menores de edad, o a sus tutores, si son mayores de 21. Es interesante que las últimas palabras de la persona, según la auxiliar de enfermería que lo ayudó, fueron “soy Francisco”.
- Las explicaciones teóricas acerca de lo ocurrido en Panguipulli son variadas. La anterior es desde la psicopatologíca. Otra mucho mas sociológica, es la del teórico y político italiano Antonio Gramsci, cuyo “neo-marxismo” occidental ha sido cada vez mas relevante a lo largo de los años. Eje en su pensamiento es el concepto leninista de “hegemonía cultural”, que el interpreta señalando que el control capitalista no es solo sobre los medios de producción, sino sobre la ideología imperante. Esto hace que sea difícil para los oprimidos el poder rebelarse, ya que todo el sistema social está montado para co-optarlos y hacer que disfruten de las ventajas de la modernidad. Esto lo pudo observar Gramsci, original de una familia de la Calabria, en sus años de estudios universitarios en Turín, donde industrias como la Fiat pagaban bien a sus obreros, quienes pasaban a vivir aprovechando las ventajas de la pequeña burguesía de profesionales liberales, académicos y directivos de la industria automotriz. Su entretención se era dada por el “totocalcio”, de modo que la clase obrera tenía el “pan y circo” ofrecida al pueblo romano por sus emperadores, sin mayor problema. La revolución obrera que había sido predicha por los marxistas ortodoxos como algo inevitable, no se había producido, y la rebelión surgía en países menos desarrollados, como Rusia. Tal como en el cristianismo primitivo la “parusía”, la segunda venida del Mesías pronosticada por San Pablo como inminente, no se dio: una explicación convincente acerca de porqué la “hegemonía cultural” era mantenida por la burguesía no a través de violencia y coerción económica, sino a través de la ideología: la cultura hegemónica mantenía sus valores haciéndolos el “sentido común” de toda la sociedad. La clase trabajadora hacía propios los valores burgueses y ayudaba a mantener el status quo antes que rebelarse. La propuesta de Gramsci fue por lo tanto que los obreros tenían que desarrollar una contracultura propia, ejercer su liderazgo moral e intelectual, buscando alianzas creando un “bloque histórico” con otros grupos, o “compañeros de ruta” con intereses comunes. Para Gramsci, la superestructura política e ideológica debía tanto mantener como fracturar este nivel, independiente de su subestructura material. Gramsci se basó en intelectuales anteriores y de su época, como NIcolás Macchiavello, Vilfredo Pareto, Georges Sorel y Benedetto Croce. El otro concepto gramsciano ampliamente utilizado hoy día por todos es el de “sociedad civil”. El Estado capitalista, incluye tanto al gobierno en su sentido restringido (policía, ejército, sistema legal, etc) como la “sociedad civil”, que incluye a la familia, las instituciones educacionales, sindicales, etc). Para Gramsci el Estado capitalista dirige tanto a través de la fuerza (gobierno) como de la sociedad civil: el primero obliga y el segundo convence. Para Gramsci el estado capitalista acepta dar ciertos avances a los trabajadores, como aumentos salariales, participación en las decisiones, tanto en el gobierno como a través de teorías económicas como el taylorismo o en los EEUU las fábricas de automóviles dirigidas por Henry Ford. Para Gramsci la confusión de los Jacobinos en la revolución francesa y de los fascistas en la Italia de su época fue la de buscar acelerar el proceso revolucionario a través de inclinarse hacia la extrema izquierda o la extrema derecha. Para su marxismo reformado, es necesario llegar a una “sociedad regulada”, donde la sociedad política disminuya y la sociedad civil crezca. En estos días de tardo-capitalismo, la profecía de Gramsci se ha ido cumpliendo, pero manteniendo un control por parte de los dueños globales del capital sobre las elites locales: ese control se hace, como lo dice Oddell a través de la captura tecnológica del tiempo de los asalariados.
- Jenny Oddell, a quien hemos mencionado en un blog anterior, señala que la capacidad de “no hacer nada” implica el aprender a resistir la economía de la atención. Esta artista y escritora (“How To do Nothing: Resisting the Attention Economy” Melville House, Londres) muestra lo dificil que ha sido para muchos acostumbrados a una vida acelerada y llena de actividades, el estar encerrados durante la pandemia con mucho tiempo libre. Ademas, señala como grandes sistemas del establishment (Facebook, Google, Amazon, etc) han creado una maquinaria centrada en bombardearnos con estímulos que nos impulsan a llenar el tiempo sumidos en las pantallas y a consumir incesantemente. La economia global es movida por un sistema diseñado para mantenernos frenéticaente pegados a las pantallas. Desde su veta artística, distingue ella entre la diferencia de “ver un cuadro” al modo tradicional”, y “vivirlo” en el arte moderno. Un cuadro, digamos un ramo de flores pintado por un maestro holandés, es una ventana a la realidad, en un mundo en el que no existía la fotoografía: mientras mas cercano a representar las rosas, mas mérito. Hoy con la resolución de las fotos de un smartphone, podemos fijar y mostrar la realidad cada vez mas fielmente, y un pintor moderno busca hacernos vibrar con el contraste en un cuadrilátero azul atravezado por una línea roja. Este arte no-figurativo crea una experiencia que nos cambia la vida.
- En términos de Husserl, en el “mundo-vida” de cada uno, la experiencia del cuadro y de la pintura está en el mundo externo, pero llega en momentos diversos de nuestra vida: un sujeto deprimido reaccionará a tonos oscuros, después de una pérdida amorosa o financiera. El temor a la muerte por el Covid19 hará que identifiquemos en el mundo riesgos de contagio que antes no nos hacían reaccionar.
- ¿Qué tiene que ver esto con la salud mental? El diagnóstico, tratamiento y prevención de los trastornos emocionales se da en un contexto socio-político que debe ser tomado en cuenta. Las personas que requieren tranquilidad son apresadas en una red, que otrora fue una red de compromisos sociales, y que hoy es un red electrónica, que los mantiene activos aun en contra de su voluntad.
- En el Instituto de Estudios Médico Psicológicos contamos con profesionales que pueden ayudar en los aspectos diagnòsticos, terapeuticos y preventivos de los temas anteriores, y en nuestros blogs hemos tratado estos aspectos. Ellos se pueden encontrar en http://www.iemp.cl
Ramon Florenzano
Director IEMP
Me parece muy interesante la reflexión sobre considerar la enfermedad mental como anidada en la familia, la sociedad y la política.
También la integración de los aportes de varios pensadores
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